
Marilyn Monroe solía decir: “uso escotes porque no me gusta que me vean a los ojos”. Pero en sus ojos tristes nos reflejamos tantas veces, porque ellos comprendían más allá del deseo, la presencia de las lágrimas que habitaban su soledad.
Se dice que los ojos son el espejo del alma. Y hay almas encerradas en el cuerpo de un país sin fronteras. Se dice que las manos tocan lo que no pueden los ojos en la oscuridad. Y la oscuridad es una nube donde no se percibe nada a través de la ventana. Algunos hombres dicen que lo que más les gusta de una mujer son sus pies. Y no sabemos si se refieren a los pies de la niña cristalina que recorre las ciudades, o a los pies de la mujer que distrae a los transeúntes con el sonido de sus tacones…
La mujer es un poema que se ingiere a solas y hay bellezas que nos desbocan, que se dignan a romper los límites de la cordura, bellezas atribuidas a los ángeles, a los demonios y a las piedras preciosas. Pero solo en ese instante en que una mujer cruza una puerta y su sola presencia es un caos es que entendemos el significado de la luz.
La primera vez que descubrí una foto de Laetitia Casta debí haberla admirado un par de horas. Quedé petrificado frente al computador, pues en ese descubrimiento recaía la emoción de las primeras luciérnagas, esa sensación de quererlas atrapar con el fin de retirar las lámparas y dejarlas sólo a ellas alumbrando la mesita de noche. Luego busqué otras imágenes y comprendí en su cuerpo las estaturas perfectas y comprendí en su alma ese color que se extiende a lo largo del cuerpo que enciende la hermosura como si se tratara de una amalgama de sonidos vivos. En este caso, una persona que goza de una exitosa carrera en el modelaje, ese mundo aparentemente frío y calculador que intenta mostrar a todos los terrenales espectadores las prendas y otros accesorios destinados a derivar en el porvenir de los armarios, en la buena fortuna de los usuarios que pueden gozar de ellos.
Para quienes hemos crecido sorprendidos con un fortalecido estupor ocasionado por la permanente figura perfecta de una chica de campo que fue descubierta en una playa a sus 15 años, sabemos que no ha sido solo un camino largo y acertado. Ciertamente no es la modelo “habitual” y dudo mucho que sus tallas sean de 90, 60, 90. Pero puedo afirmar que en la naturalidad de su cuerpo, en la veracidad de sus curvas cabe el deseo de un beso fantasma. Y al final del viaje, el espejo resultó recaer en esas hermosas sensaciones juveniles que nos llamaban una y otra vez a recordar, entre corazones acelerados, respiraciones ondas y el temor de que nuestra madre ingresara al baño, ese escote. Sí, al final recordaremos profundamente ese escote que nos motivó para mil y un viajes en ese cuerpo que, por más tela hermosa y de última moda que le cubriera, hubiese terminado destrozada por los suelos para consolar nuestra alma atormentada de los desfiles y pasarelas que admirábamos desde la parte baja de la tarima, a solas en nuestra habitación.

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