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La escena local

¿Por  dónde comienzo?...

Cuando tenía trece años escuché a Bernal Villegas en la radio, presentando temas originales en los ochenta, temas que me enamoraron de la escena para siempre. Fui a conciertos en esa misma época, conciertos de varias bandas de rock, que congregaban personajes que se sentían de alguna manera, pues, rebeldes. Siempre me gustó la escena.

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Más temprano que tarde, mis estudios en música desde pequeño comenzaron a rendir frutos en tardes de alegres tonadas con mi mejor amigo de la escuela, que para mi gran dicha tocaba la guitarra, y ahí fuimos montando piezas, a oído y “colgándose”. Montamos piezas de Capmany y de bandas “gringas”, y las grabábamos en una casetera  que alguno de los dos tenía.

También antes de lo esperado, estando nosotros en sexto grado, un muchacho de quinto año del cole nos vino a buscar porque se había enterado que tocábamos. Quería formar una banda. Sucedían dos cosas: por fin íbamos a ser “famosos” (jeje…) y aprendía que la música le confería a al que la tocara, respeto entre las personas.

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Así comencé una carrera que ya viendo hacia atrás se me hace algo larga, aunque espero que este a menos de medio camino aún. De todas las personas que me acuerdo con las que he tocado desde entonces, son un puñado, un grupo realmente selecto de personajes, los que han logrado vivir o dedicar su vida por completo, a la música. Y dentro de la música, al rock, aún más impensado.

En ese entonces, nosotros luchamos como generación para lograr seguir la escuela que los rockeros de los ochenta habían formado, y heredado a su vez de una generación más antigua, perdida en la prehistoria del rock local, de hacer rock original en español. Tomamos esa bandera y logramos formar una generación con una identidad propia, que dio paso a una explosión de bandas nacionales de música original, y esa explosión dio paso a un par más hasta llegar a la generación que estamos viendo surgir en este momento.

La escena de hoy es radicalmente distinta a la escena en que yo di mis primeros pasos, por supuesto. La sociedad costarricense era completamente distinta.  En mi tiempo, andar con arete en un bus era peligroso ya que era considerada una ofensa muy fuerte al sistema social, e insinuaba que uno era, dios libre, gay, o playo, como se decía en esa época. Por dicha no vivimos más ahí.

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Ahora los chicos nacen ya con todo el terreno ganado de la lucha de nadar contracorriente que hemos dado los costarricenses que percibimos siempre que queríamos una sociedad distinta. Ahora el rock está profundamente arraigado en la cultura de nuestro país, se ve gente en las calles, de muchas tendencias distintas, dando luz a un abanico de movimientos ya socialmente aceptados, desde los emos y ahora los street punks, hasta rockabilis, cholo metals y rockeros/mariguanos, pasando por toda clase de subgéneros y matices, como la gente de la cultura del tattoo, de piercings o performances extremos.

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Al salir uno del país e ir a tocar a lugares vecinos como El Salvador o Panamá, e incluso hablando con gente de República Dominicana, uno se da cuenta que la escena del rock que hay en Costa Rica es respetada. No significa que las bandas sean reconocidas afuera, pero que la escena nuestra del rock es vista desde afuera en la región como una escena sólida, con gran cantidad de seguidores, y que es considerada seria y mucho más grande que la que puede haber en un lugar u otro de la propia región.

Al darme cuenta de esto yo inmediatamente pensaba en todos los cientos de conciertos vacíos que hay acá, constantemente, en la escena del under. Cientos de conciertos vacíos desde hace muchos años. En el under. Por dicha mi carrera como solista y con alguno que otro experimento me ha mantenido en constante comunicación con la calle. Con el under cada vez menos, pues se entiende como una de sus definiciones que es algo que pertenece a las generaciones más jóvenes, y sobre todo las recién emergentes y salientes de la adolescencia. El puesto de uno está ya en otro lado. Sin embargo digo que he estado conectado con el under y con la calle porque mi carrera así me lo ha permitido. He visto desarrollarse una parte importante de la historia del rock nacional. He conocido a los grandes, los que están y los que ya no. A los conocidos y a los desconocidos. He visto gente irse y llegar. Incontable cantidad de caras entre público y protagonistas.  Desde este mismo under vi surgir concierto a concierto y año tras año a mi propia banda, hasta llegar a disfrutar de  un puesto privilegiado dentro de la escena local, tanto para mí como para mis dos compañeros. Me he sumergido en la escena y he hecho de ella mi vida.

¿Tiene sentido que esta escena llena de hijos sin rumbo, de huérfanos del sistema y de salas vacías sea respetada en la región como una de las más fuertes y saludables de la zona?
¿Tiene sentido que a pesar de todos los contratiempos que existir le conlleva, la escena local se logre sobrevivir a si misma?
¿Sirve de algo lo que hacemos?

Por supuesto que sí. Hemos inyectado cultura local e identidad a varias generaciones ya de costarricenses. Desde los “pies” de Alajuelita o Desampa, que escuchaban rock en los sesentas y setentas, hasta los valientes pioneros que se entregaron por completo a vivir de hacer esto, hasta la generación que en los noventa se abrió paso y reclamó un lugar propio en la historia con su defensa de la composición original y propia identidad. Por supuesto que sí.

Nuestra escena ha logrado calar hondo en una mayor cantidad de población. Y ha logrado crear un sentido de orgullo por las bandas nacionales. Sobresalientes o no.  Esto es algo que el movimiento se ha ganado. Respeto. Porque de vez en cuando, cada cierto tiempo, viene una banda que sobresale de alguna manera y logra demostrar una vez más que el movimiento costarricense está vivo,  plagado de ideas, de necesidad de cambio y modernidad, de inconformismo y  de atrevimiento.

Cada cierto tiempo viene una banda o un festival local también que logra convocar grandes cantidades de público, juntos en un mismo sentimiento lleno de orgullo por lo nuestro.

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El movimiento local se ha ganado el respeto de la zona porque ha sido constante. Porque tiene héroes y villanos. Porque desde los ochenta no se ha parado de trabajar y de nadar contracorriente por eso, por el derecho de poder subirse a un escenario y sentir que uno pertenece a algo que es más grande que cualquiera de los individuos que lo conforma. Tanto así para el principiante que se sube a un escenario vacío e impersonal, como para el músico experimentado que se sube ante una gran cantidad de público, nuestro compromiso tiene que ver con algo que realmente es intangible: el movimiento en sí. El movimiento en sí significa algo, y sobre todo y más importante, tiene historia. Ya tenemos historia.

La meta no es un programa gringo buscando una aceptación masiva. La meta es hacer las cosas bien, y a nuestro modo. Costarricense. Centroamericano. Local.

Una banda se convierte una buena banda cuando logra realmente superar sus propias influencias, y crear una identidad propia. Esto es, cultura. Hacer y aportar es hacer arte. Colaborar con cultura es verdaderamente un logro, no solo para el que lo hace, que no gana nada tangible con hacerlo, sino para la sociedad en la que este individuo se desenvuelve. A mayor cultura, mayor bienestar social. Esto es un hecho comprobado.

En un mundo globalizado que se dirige hacia el vacío de manera vertiginosa, lo local toma fuerza, cobra importancia. Es así en todo lado. Si uno va a Boston, sin duda alguna se enterará del nombre de la banda local que es un orgullo para los bostonianos, sea cual sea, y sin duda alguna también será una banda desconocida para el resto de nosotros. Al igual va a suceder en Buenos Aires, Bogotá o Managua. Probablemente usted le pregunte a cinco personas distintas y le den tres o cuatro diferentes nombres de quién consideran es la actual “estrella local”, pero todos tendrán una opinión. Lo que nos diferencia de lugares como Managua o El Salvador, es que nuestra escena es mucho más fuerte, con mucha mayor cantidad de seguidores, con años más de historia, pero sobre todo siento, de consistencia  en el trabajo. De trabajo de generación en generación para lograr posicionar algo y considerarlo como propio con orgullo. Nuestra escena local.

Hoy en día y más que nunca, hay un puñado nuevo de valientes jóvenes que están luchando y entregando inconscientemente algo a esta ya muy larga lucha. Cada afiche que se hizo, cada concierto vacío, cada camiseta de banda, ha contribuido con un granito de arena a dar notoriedad al movimiento. De la cantidad de bandas que existen ahora, quedarán y perdurará solo un puñado, como ha sido siempre. De la cantidad de personas que se entregan al sueño de querer vivir de esto, lo lograrán solo muy pocos. Pero cada vez serán más. Cuando yo comencé, no me imaginaba que fuera posible posicionarse entre las bandas más reconocidos del país, al lado de nombres que existían en mi cabezo solo como mitos, y sí lo fue. Jamás pensé que fuera posible dedicarse a la música, y mucho menos al rock, y sin embargo es de lo que vivo. Uno nunca sabe lo que el destino le tiene preparado.

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Hoy en día sueño con una Centroamérica unida, con conciencia social. Que abracemos la idea de que no somos un conglomerado de pequeñas naciones pobres como nos enseñaron en la escuela, sino una vasta región, inmensamente rica en recursos naturales. Sueño con una juventud centroamericana unida y luchando por conseguir la igualdad social en todos los países de nuestra región, y luchando por el respeto absoluto y empedernido de los recursos naturales y por el respeto a la vida. Sueño con que se detenga todo este “progreso” y se alejen las manos codiciosas del que tiene dinero. Que se alejen. Que nos dejen en paz. Sueño con una gran región sin gasto en armas y productora de energía limpia y renovable. Soñar no cuesta nada, y uno nunca sabe lo que el destino tiene en espera para nosotros…

Pienso que una excelente manera de transmitir  mensaje y compromiso entre la juventud y todas las personas buenas que uno pueda alcanzar es a través de la música. Pienso que tenemos una responsabilidad ya de mayor grado. Pienso que debemos afrontar el reto de considerarnos como una sola región y como hermanos. Al viajar se ve que nos unen muchas cosas, y nuestras diferencias nos confirman aún más que somos una misma.

Independientemente del apoyo que haya de parte del público a la escena local (y pienso que aquí sí lo hay) veo que hemos estado haciendo algo bien. Llegó la hora de volver a ver a nuestro alrededor, volver a ver igualmente qué han logrado nuestros hermanos centroamericanos, y comenzar a unir esfuerzos; a ver si logramos cambiar lo que pasa en Centroamérica, a ver si logramos hacer de esa una región diferente. Creo firmemente que la música tiene ese poder. Creo que la unión hace la fuerza, y creo que esto es transferible a todos los quehaceres de la vida, desde ser un DJ o pinchadiscos hasta el que trabaja en un banco. Miremos a nuestro alrededor y pensemos, ¿qué me gustaría cambiar?... ¿le estoy haciendo daño a alguien con lo que hago? Si no se engaña, de ahí en adelante todo es ganancia.

Pienso que la escena local está viva y produciendo (por dicha para todos nosotros), gente positiva que quiere un cambio real. Creo que la responsabilidad de la escena en el futuro y de ahora en adelante va en esa dirección. Cambiemos el mundo. Creo que más que posible, es realmente urgente.

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Camilo Pavez / Moldo

sietedeunsolo@hotmail.com

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